Un nuevo mundo



Por: AGUSTÍN PEROZO BARINAS

Podría ser motivador el título pero no lo es. Ciertamente para los humanos que nos ha tocado esta pandemia, una peste de tantas otras que han sucedido en el pasado, determinaría un antes y un después. El antes lo conocemos. El después es un nuevo mundo y hacia allí vamos en loca carrera.

Seguiremos preocupados por el medioambiente mientras un significativo porcentaje de los millones de desechos en mascarillas, guantes desechables, desinfectantes, etc., van a parar a los ríos que cruzan las ciudades y pueblos y eventualmente a los mares. Ríos y mares con graves problemas heredados de contaminación y sobreexplotación.

Más de 94,000 árboles se talan cada día en el planeta para la fabricación de papel higiénico que va a nuestros traseros. No son talas en masas forestales de proyectos sostenibles en mayor proporción; provienen de bosques vírgenes (los que aún quedan). La mayoría de los consumidores se resiste a comprar los papeles alternativos como los reciclados o los fabricados con bambú porque son más caros... ya estamos viendo la factura de la Naturaleza. Nos está saliendo más cara la sal que el chivo. 


Adoramos nuestras mascotas (me incluyo) pero consumimos carnes como carnívoros enloquecidos (me incluyo) sin querer ver las imágenes de los mataderos de animales. Aparte del desmonte para cría extensiva de ganado y la sobrecarga de metano a la atmósfera que genera el estiércol. 

El estiércol generado en los sistemas ganaderos puede provocar impactos ambientales negativos si no existe un control en el almacenamiento, el transporte o la aplicación, debido a la emisión de gases contaminantes hacia la atmósfera, y la acumulación de micro y macro nutrientes en el suelo y en los cuerpos hídricos superficiales (Pinos/García).

La industria aviar, con los veinticuatro billones de pollos a nivel mundial, es una bomba de tiempo para que surjan nuevos virus que son oportunistas dentro de especies con muchas réplicas genéticas e intensa interconectividad entre esas copias. Quizás veremos un virus 5 veces más letal con una tasa de contagio diez veces más alta en un futuro no muy lejano.

En este nuevo mundo al que entramos con una mezcla curiosa de esperanza e incertidumbre seguiremos cuestionando los políticos mientras los validamos votando por ellos, una y otra vez, junto a sus añejas fórmulas ya más que conocidas, siempre en coordinación con los intereses del sector privado, cuyo nombre es justo: privan a la gente de su felicidad integral. Pero lo permitimos como sociedades. Por lo tanto, son males deseados. Más allá de los motivadores mensajes compartidos por las redes sociales, solo el poder político posibilita o no las cosas con amplia cobertura y permanencia, sin lucrar, en teoría. 

Vamos hacia un nuevo mundo "solidario" donde el individualismo, la depredación social y medioambiental continuarán. La misma voracidad acumulativa no apaciguará. El lucro, la rentabilidad, las utilidades, el beneficio, esos colosos no nos abandonarán porque sencillamente los adoramos. En el nuevo mundo seguiremos como adoradores del dinero y nuestros apetitos que degeneran la calidad de lo natural, lo equilibrado, lo armonioso, continuarán corroyendo lo que heredamos del viejo mundo pre Covid-19. 

¿Qué hacer? ¿Esperar que las fuerzas resultantes decidan por nosotros, eventualmente? Exponer la gravedad de la doble moral que mostramos tomando como ejemplo el papel higiénico, de entre muchos otros no menos importantes. El consumo de unos 384 árboles por persona durante toda su vida, solo para cuestiones de higiene personal, es evidentemente catastrófico.

Conocemos los males que arrastramos en todo el mundo hasta diciembre del 2019. Los medios manipulados nos bombardearon con datos interesados y los medios independientes los contrarrestaron con otros opuestos. En algún lugar intermedio buscamos una verdad elusiva que estaba muy enterrada entre estadísticas y discursos recetarios.

La mentira, la hipocresía, el oportunismo, un capitalismo depredador, el consumismo intenso, todos seguirán siendo activos apreciables. Donde hay aparente solidaridad hay escondido un gesto comercial y empresarial buscando alguna ventaja. Pero el gesto no es tan superficial e inocente. Es una gigantesta máquina devoradora. Nada nuevo que se perpetuará porque así lo decidimos, ya que nosotros ponemos el sello de aprobación.

Casi todas las actividades productivas humanas involucran algún tipo de depredación y degradación del medioambiente y de los recursos naturales. La industrialización es un proceso contaminante y de paso, succionador de tiempo y esfuerzo de la gente. Muchos de los alimentos que consumimos son tan procesados hasta niveles de refinación que está comprobado el daño que causan a la salud. 

Ir a trabajar es casi lo mismo que decir: vamos a depredar. Nosotros somos los virus más letales de nuestro planeta, sin cura aparente. No podemos dejar de trabajar para producir/consumir y depredar en el proceso. Pensarlo de otra manera es irresponsable. Además seguimos perfeccionando la gran herramienta que permite acumular sin fin, el dinero. Algo que ya es, en un noventa y dos por ciento, bits de información financiera interbancaria: dinero digital.

Y es precisamente esa herramienta el gran motor que mueve los ejes depredadores en todas las esferas productivas mundiales. En el nuevo mundo, papeleta seguirá matando a menudo. No habrá muros de contención contra la avaricia demoledora que nos viene del mundo viejo que culminó hace apenas unos meses.

La huella de carbono de la industria papelera implica, al menos, 420.000 toneladas de dióxido de carbono, al año, sin contar el resto de gases invernadero. No solo se calcula a partir de las emisiones, sino también en base a la cantidad de masa forestal que destruye. Los bosques son uno de los sumideros de carbono principales, capaces de convertir parte de los gases de efecto invernadero en aire rico en oxígeno. Talándolos destruimos esa capacidad regenerativa.

La deforestación no solo supone una destrucción del sumidero de carbono, sino que implica la pérdida del hábitat de millones de especies, reduciendo la biodiversidad. El bambú es capaz de capturar tanto como 400 por ciento de carbono por unidad de área, mientras que libera 35 por ciento más oxígeno que los árboles. Si deseamos un nuevo mundo, podemos empezar con este pequeño paso: reducir dramáticamente el consumo de papel higiénico -100% pulpa virgen- y cambiar al reciclado o de fibras alternativas como el bambú.

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