¿Porqué lo prohibido es más tentador?



Raydina Lora 

El deseo irrefrenable de querer acceder a algo sólo porque está prohibido ha sido objeto de estudio de la ciencia. ¿Qué pasa en nuestro cerebro?

Desde tiempos remotos el ser humano siempre se ha sentido atraído por aquello que no está al alcance de su mano. Parece como si lo prohibido se revistiera de un hilo de atracción irresistible para nosotros. En el fondo es una manifestación, digamos casi natural, que tenemos las personas por matar la curiosidad y por conquistar la libertad.

Desde el momento en el que nacemos, se nos van imponiendo límites morales, éticos y sociales. Desde niños, nos van enseñando lo que podemos y lo que no podemos hacer. Son los padres, quienes primero marcan ese camino y van delimitando esas líneas rojas, que no podemos traspasar. Después la sociedad sigue sumando límites en esa lista de prohibiciones.

Nuestra propia condición como seres humanos es la que nos empuja a experimentar aquello que se nos niega porque necesitamos conocer lo desconocido y valorar sus consecuencias. 
Transgredimos las normas para sentir “en primera persona” sus consecuencias. Es el único modo que tenemos de repetir o renunciar por voluntad propia a actividades prohibidas, si éstas resultan o no realmente dañinas para nosotros. 

De acuerdo con el psicólogo inglés Michael Belint, “la diversión de probar el lado obscuro” o el gusto por lo prohibido responde a lo que se denomina como miedo consciente, que no es doloroso como el que se experimenta frente a una amenaza, sino más bien una sensación placentera porque somos responsables de dicha atracción y la podemos controlar.
 
Sin embargo, la fuerza del deseo o gusto por lo prohibido es determinada en gran medida por factores ambientales y genéticos que lo modulan, como lo muestra el  bioquímico Dean Hamer, del Centro Nacional del Cáncer estadounidense, quien ha detectado una conexión entre el coraje y el gen D4DR. Los portadores de una versión concreta de éste muestran mayor inclinación por el riesgo y lo prohibido.

En consecuencia con lo anterior, no sólo los genes pueden determinar el gusto o atracción por lo prohibido, sino que el mismo cuerpo, y de manera particular el cerebro, tienen un papel fundamental en el placer que sentimos al “transgredir” y disfrutar de esa tentación.

Un ejemplo de la atracción y placer por disfrutar de lo prohibido, es comer chocolate. Todo mundo conoce la mayor parte de sus efectos, beneficios y consecuencias, pero es un placer “controlable” hasta cierto punto, mientras no se convierta en una adicción.

En otro orden, un estudio realizado por la Universidad de Columbia, en Reino Unido, desvela que el deseo por algo prohibido disminuye, cuando renunciamos a él en grupo, es decir, nos resulta más sencillo respetar los límites cuando lo hacemos en grupo, que de modo individual.

El estudio afirma que la atracción por un objeto vedado se reduce si otras personas de nuestro entorno tampoco pueden disfrutar de él, de modo que nos resulta más fácil respetar las prohibiciones si formamos parte de un grupo. Las investigaciones muestran además que cuando se prohíbe el uso de objetos cotidianos, nuestras mentes les prestan más atención que de costumbre. Estos objetos se vuelven tan valiosos para nuestro cerebro como nuestras posesiones personales. 

Raydina Lora Vélez
Orientadora y Psicopedagoga 
raydinavelez21@gmail.com
San Francisco de Macorís 

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